Despedida con un elogio de la escritura a la contra
Archivado en: Cuaderno de lecturas, Leopoldo María Panero
El lector fiel, si es buen observador de esta bitácora, habrá advertido que el mes pasado fue el primero que, en quince años -los hizo el pasado abril-, no subí a ella ningún nuevo asiento. Por motivos que no vienen al caso, me cambio de plataforma. El enlace a El insolidario seguirá funcionando, y mientras siga colgado, seguiré atendiéndolo. Pero me voy con los nuevos post a Zenda Libros y será para mí un honor volver a encontraros allí, entre los lectores de El nuevo insolidario, un nuevo blog que, sin embargo, obedece al mismo espíritu que este que aquí y ahora despido. Allí también encontraréis textos intempestivos sobre mis inquietudes de siempre: artículos inéditos sobre cine, apuntes sobre mis lecturas, elogios a la bande dessinée (mi queridísimo cómic franco-belga), exaltaciones de mi amado Madrid y un pequeño surtido de amenidades… En fin, todo aquello que quiero decir y no tengo otro lugar donde expresarlo.
En los casi cincuenta años que llevo dedicándome al muy noble y siempre improductivo oficio de las letras, he visto cerrar -o cambiar de rumbo- muchas de las publicaciones en las que colaboré con cierta asiduidad: Tiempo, Interviú, Época… A estas alturas, incluso páginas electrónicas, aquella gran novedad de los albores del Tercer Milenio, que entonces se creyeron eternas… Y el curso del tiempo acabó por demostrarnos que no hay nada que sea eterno. Quiero recordar elmundolibro.es, donde publiqué mi primera serie sobre escritores malditos, heterodoxos y alucinados. Durante veintitantos años permaneció colgada en la Red -el enlace que aquí procuro es un libro digital esporádico, copilado por un lector entusiasta de los textos originales-, fue de libre acceso y, varios de sus artículos, de referencia en Wikipedia y demás publicaciones electrónicas sobre los autores que los protagonizaban. Hasta que un día descubrí que elmundolibro.es había dejado de existir y el fin último de los artículos que allí publiqué, no fue muy diferente que el de esos otros, impresos, que acababan envolviendo el pescado, proverbial destino último de las páginas de los periódicos.
En fin, llegado el momento del final de El insolidario, pese al callo que a mis sesenta y seis otoños sustituye mi antigua propensión a la nostalgia, no puedo dejar atrás esta bitácora sin unas palabras postreras. El insolidario fue mi báculo. Concibiendo, como concibo, mi obra como un ajuste de cuentas con la realidad, aquí, en los quince años que ahora acaban, he encontrado confort en horas de desaliento publicando algunos de mis textos más personales. Esos que no hubiera podido dar a conocer en ningún otro sitio.
Llegado el momento del final, a los que me siguieron con regularidad en esta plataforma y a quienes la visitaron esporádicamente, a todos y a cada uno de ellos, quiero dejar constancia de mi gratitud por su interés en mi obra. Debo insistir: será para mi un honor que me sigáis leyendo en El nuevo insolidario, en la nueva plataforma. De este modo, esto que ahora acaba no será un final, será una cita en otra parte.
Y ahora vamos con una última referencia a la poesía de Leopoldo María Panero, el más grande de los poetas malditos del fin de siglo español. A veces no hay mejor final que el circular, volver al principio, hacer que el alfa sea consecutiva a la omega y que, de este modo, todo parezca un bucle en movimiento perpetuo. El origen de este blog fue la publicación de los apuntes que, desde 1995, tomo de mis lecturas. La última han sido unos poemas. O, por mejor decir, unos poemas mayoritariamente en prosa, un nuevo acercamiento a la extraña poesía de Leopoldo María Panero.
El novelista Eduardo Chamorro, en una de aquellas fiestas del diario El Mundo, la editorial Planeta y el hotel Ritz de mi amada ciudad, entre las que discurrió nuestra amistad, de las que, como de todo, hace ya muchos años, me comentó cómo Juan Benet y el resto de los rectores de la novelística española de finales de los años 60, se burlaban de él, llamándole “moderno” porque escuchaba rock, cuando lo suyo -lo que mandaba la tradición de la contestación antifranquista que, más o menos sutilmente presidía toda la cultura española-, era escuchar la plúmbea canción protesta -omitiré los nombres correspondientes- y otros tostones de antaño.
Fue entonces, cuando los popes de la cultura española desdeñaban lo moderno con esa conmiseración que, en el mejor de los casos lo viejo desdeña a lo nuevo, Panero publicó Así se fundó Carnaby Street (1970), el libro que le ratificó como uno de los Nueve poetas novísimos, incluidos por José María Castellet en aquella célebre antología de la poesía española última. Si el título de aquella segunda entrega era una clara alusión al Swinging London -que, por así decirlo, tuvo en Carnaby Street su arteria principal-, la dedicatoria del libro –“a The Rolling Stones”-, debió de ser, para el panorama literario autóctono, toda una exaltación de la modernidad. De esa modernidad de la que se mofaban los padres fundadores de la novelística social autóctona, quienes ya estaban pendientes de la larga decadencia del novísimo ya que el ingreso en prisión de Panero por su militancia antifranquista, fue a finales de los años 60 y todos los escritores represaliados por el franquismo eran merecedores de la atención de Bennet y sus acólitos, furibundos antifranquistas ellos mismos.
Yo supe del Panero poeta -al que conocí en el año 82, como ya he escrito en alguna de las entradas anteriores que le he dedicado-, en una antología de Cátedra en la que se incluían todos los novísimos y algunos de sus sucesores. Joven poesía española (1979) era su título y estuvo al cuidado de Concepción G. Moral y Rosa María Pereda. En aquellas páginas tuve la primera noticia de Así se fundó Carnaby Street. Al punto quise leerlo, pero me fue imposible dar con un ejemplar. Después llegó el primer visionado de El desencanto (Jaime Chávarri, 1976), que tuvo lugar en una reposición en los cines Luna, y supe de la leyenda de Panero, de desquiciado, pero leyenda al cabo, en el Madrid patibulario.
El 82, cuando conocí al gran maldito de la poesía finisecular española, también fue el año del legendario primer concierto madrileño de los Rolling -aquel del 7 de julio cuyo comienzo coincidió con un pequeño diluvio- y la dedicatoria de un libro al quinteto de Richmond, aún podía entenderse como una exaltación de la modernidad. Pero cuarenta y cuatro inviernos después, con The Rolling Stones convertidos en una suerte de circo del que sacan dinero unos octogenarios para seguir manteniendo el mismo tren de vida que en sus días de gloria, no hay ninguna modernidad en esa dedicatoria de Panero, quien, por otro lado, siempre estuvo más cerca del Diablo -por así llamar al delirio y a la locura-, que las autodenominadas majestades satánicas. El contorno del abismo, tituló la biografía que dedicó al poeta el periodista J. Benito Fernández.
Me hice finalmente con Así se fundó Carnaby Street en 1999, cuando fue reeditada por Huerga y Fierro y sus nuevos editores, que también fueron los primeros míos, tuvieron la gentileza de obsequiármelo. Pero no ha sido hasta ahora, cuando, finalmente, tras lo satisfactoria que me resultó la lectura de El lugar del hijo, he dado cuenta de este segundo libro de su autor.
Siempre me ha interesado mucho más la heterodoxia que la modernidad, y pocas cosas son tan heterodoxas como la vanguardia. Y Así se fundó Carnaby Street, en palabras del catedrático Tua Blesa -otro de los grandes expertos en Panero- fue -es- “una refundación de la vanguardia o como quiera llamarse esa escritura que se traza siempre a la contra, al margen”.
De aquella lectura de Joven poesía española, yo aún recordaba Blancanieves se despide de los siete enanos y Deseo de ser piel roja. Más de medio siglo después de su publicación, Así se fundó Carnaby Street se lee como una introducción al que habría de ser el universo literario de su autor -el cine, el cuento infantil anglosajón, la autodestrucción, la cita culta-, se me antojó un texto mítico entre los amantes de la literatura a la contra, cuyo espíritu -juro por estas líneas- será mi inspiración en El nuevo insolidario. Será para mí un honor que me leáis allí, insisto.
Publicado el 10 de febrero de 2026 a las 04:00.




















