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Manitas en el cine

Llevaban tiempo intentando mantener relación con dos chicas a las que habían conocido en ‘el Bambú', conocido bar de la época. En aquel momento no les habían hecho mucho caso, quizás porque picaban alto y ellos no estaban entre sus preferencias.

Archivado en: Maximino Cañón, manitas en el cine

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Maximino Cañón
09/2/2018 - 04:40

La casualidad hizo que, con el tiempo, surgiera otra vez el encontronazo y en esta ocasión la cosa fue a más, hasta el punto de quedar citados para ir al cine el próximo domingo, lo cual suponía un gran avance a la hora de lograr el incipiente ligue. Tras muchos esfuerzos sacaron cuatro entradas para la sesión de las siete que era la más solicitada ya que, junto con baile, representaban las dos opciones más deseadas. El baile, porque te permitía tener entre tus brazos a la chica mientras buscabas la cercanía de su cara con la tuya; y el cine, porque facilitaba el estar sentado al lado de una chica a oscuras con la opción, quizás, de hacer alguna manita que otra, si la situación se presentaba propicia.
Después del consabido NODO dio comienzo la película, no me acuerdo cuál era el tétulo que dijeron, pero creo que fue a las pocas semanas de inaugurar el Cine Abella. Quizás podría tratarse de ‘Un hombre y una mujer", de Claude Lelouch, que por aquel entonces rompía las taquillas debido al romanticismo que la misma desprendía, mientras disfrutabas con la banda sonora del compositor francés Francis Laí, que se escuchaba a todas horas en las emisora de radio locales. Para lograr las localidades se tuvo que recurrir a otro amigo que tenía una gran amistad con una taquillera de contaduría, lugar donde se vendían por adelantado, porque de otra forma casi era impensable hacerse con ellas. Uno de los dos compañeros estaba muy interesado en mantener alguna relación con una de ellas. Según nos contó uno de los protagonistas, el interés de Julián se centraba, exclusivamente, en lograr una cercanía pasando el brazo entre la butaca del cine y los hombros de la chica. Pero, sin haberse puesto de acuerdo con Santiago, que era el otro acompañante, éste tenía las mismas intenciones. Trascurrido un tiempo Julián sentía una alegría interna por haber alcanzado su propósito de tomar la mano de la chica cuando, salvo por un pequeño amago de resistencia, la cosa prometía. Pero la sorpresa, con mayúsculas, saltó cuando Santiago, en el resplandor de la proyección, observó como la mano de la chica, que el creía tener entre la suya, maniobraba suavemente sobre el abrigo que sujetaba encima de sus piernas quedando al descubierto que la mano que había estado acariciando era la de su amigo Julián. El caso, según explicaron después, fue que al estar las dos amigas sentadas entre los chicos, y al pasar estos las manos por los respaldos de los asientos, las manos se juntaron y cada uno debió de pensar que aquello ya era terreno conquistado. A la salida del cine, y después de acompañar a las féminas hasta las cercanías de sus domicilios (al no considerarse nada serio el encuentro, no te dejaban acompañarlas hasta casa por ‘el que dirán' y por hacerse muy vistas con chicos) los dos amigos, con risas incluidas, se pusieron en contacto con el resto de compañeros y a disfrutar con la fallida y sonrojada hazaña. Lo que prometía ser una conquista relevante, quedó en un simple acompañamiento al cine, con el pago de entradas incluido, y después, si alguna vez en los paseos festivos se cruzaron, se dijeron, "mira para otro sitio, que a mí me da la risa".

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